samedi 31 mai 2014

31 de Mayo

PAULA FIADA Y LA RESISTENCIA INDÍGENA A LOS INVASORES CHILENOS EN CERRO DE PASCO 

 

PAULA FIADA Y LA RESISTENCIA INDÍGENA A LOS INVASORES CHILENOS EN CERRO DE PASCO 
Un día como hoy hace 133 años, el 31 de mayo de 1881, la población campesina de Vilcabamba, ubicada a seis leguas de Cerro de Pasco, fue arrasada por los invasores chilenos, que luego hicieron lo propio en las vecinas aldeas de Visco y Cuchi, reduciéndolas a cenizas y asesinando a muchos de sus pobladores. Entre éstos ofrendó la vida la campesina Paula Fiada, esforzada lideresa guerrillera a quien se la recuerda hoy quizá solo en su comunidad de origen. 

LA EXPEDICIÓN LETELIER
En abril de 1881 el alto mando chileno establecido en Lima movilizó sobre la sierra central una expedición de rapiña comandada por el tristemente célebre comandante Ambrosio Letelier, uno de los consentidos del general Pedro Lagos, aquel que asaltó Arica y después tomó Lima, poniendo aquí en marcha el saqueo de la Biblioteca Nacional, al tiempo que convertía el palacio de gobierno en “un gigantesco burdel”, a decir de un cronista del “New York Herald” que entrevistó a su sucesor, el no menos inglorioso Patricio Lynch.
Por su capacidad de armamento la de Letelier fue una tropa de temer. Su sola proximidad hizo que los potentados de la región le rindiesen pleitesía, aceptando el pago de cupos con tal de no ver perjudicados sus intereses económicos. 
Cáceres, que debió retroceder hasta Huancayo, deploró tal defección, pero no contando aún con una fuerza militar suficiente tuvo que mantenerse a la expectativa, proyectando incluso una retirada a Izcuchaca para presentar allí una mejor línea de resistencia. 
Los de Letelier se harían famosos no solo por sus inauditos y escandalosos latrocinios, que provocaron incluso el rechazo de sus propios compatriotas, sino que se infamaron sobre todo por haber desatado una guerra a sangre y fuego contra poblados campesinos indefensos, perpetrando un sinnúmero de asesinatos con la misma política de exterminio que aplicaban a los Mapuches en Chile.
Frente a ese accionar, la prensa chilena mostró una actitud ambivalente, primero exaltando las pretendidas “hazañas” de Letelier, que se cansó de decir que enfrentaba a millares de guerrilleros; y luego cuestionándolo, al verlo rechazado por el propio Patricio Lynch. Y “El Orden”, periódico del gobierno de La Magdalena, le dedicó sus simpatías, considerando que la presencia de Letelier en la sierra central perjudicaba a Piérola, que se mantenía como dictador en Ayacucho. 

LAS CONTRADICCIONES INTERNAS
Convulso aquel Perú de 1881, con dos mandatarios en pugna, Piérola y García Calderón, y dos Congresos, uno reunido en Chorrillos y el otro convocado en Ayacucho, ambos, y esto es lo más repudiable, haciendo poco caso y hasta socavando el ideal de la resistencia que enarbolaba Cáceres, quien actuaba casi de manera autónoma.
Si los pierolistas calificaron de traidores a los de García Calderón, los civilistas no se cansaron de repetir con descaro: “Preferible los chilenos que el zambo ladrón de Piérola”. La anarquía, la guerra civil en plena invasión chilena.
Que sepamos, solo un periódico patriota, “El Perú” de Tarma, editado por Ricardo Guzmán, hizo un recuento verídico del vandálico accionar de la expedición Letelier, denunciando la barbarie ejercida sobre pueblos prácticamente inermes. Letelier no hizo distingos de clase y exigió cupos tanto de los potentados como de las comunidades indígenas. En el interior de Cerro de Pasco, éstas se reunieron en sendas asambleas, acordando presentar resistencia a los invasores. Asumieron esta actitud no solo para poner coto a los abusos, sino adhiriéndose voluntariamente a la causa de la resistencia patriota, pregonada por los oficiales de Cáceres que recorrían la región. 

EL COMBATE DE VILCABAMBA
La  comunidad de Vilcabamba, situada a seis leguas de Cerro de Pasco, fue  la primera en presentar combate, rechazando a  una patrulla chilena que el 31 de mayo incursionó en este poblado en la creencia de que tenía oro, plata y alhajas. A decir verdad, en aquel tiempo sus habitantes se dedicaban a la platería y su templo guardaba preciosas joyas.
Se afirma que la campesina Paula Fiada, que pastaba sus ovejas en Maranin, junto a un riachuelo, atacó a un chileno que se había apeado de su caballo para beber agua; pensó que era de los que violaban a las doncellas y “terminó hundiendo un puñal en el vientre del soldado chileno, dejando el cuerpo a la intemperie”, según relata el profesor Elmer Baldeón en su libro “Vilcabamba: Historia heroica de un pueblo mártir”, editado hace una década en Cerro de Pasco. Allí refiere que Paula Fiada lideró entonces una suerte de guerrilla, persiguiendo a los invasores hasta Casharagra y Pampacocha. 
Entendiendo que ellos volverían a Vilcabamba para cobrar venganza, la mayoría de sus pobladores decidió marchar a las alturas, dejando en la aldea sólo un escogido contingente de jóvenes con órdenes de presentar resistencia. 
Letelier, que no había contado con esa respuesta, envió entonces un numeroso destacamento con orden de arrasar a sangre y fuego toda la comunidad. Implantó desde  un principio el terror y sus soldados, tras doblegar la heroica resistencia de los jóvenes vilcabambinos, perpetraron el repase de los vencidos, “incendiando completamente la población y ultimando a cuantos tomaron prisioneros”.
Dice la crónica que los chilenos contaron con el apoyo de los hacendados José Chombo, Pedro Ramos, Carlos Minaya, Juan Pedro Valladares y Pedro Cárdenas. Estos traidores guiaron al enemigo “por caminos desconocidos” y le facilitaron la entrada a Vilcabamba por Armapampa, desde donde accionaron su artillería. 
A todas luces, el combate fue en extremo desigual, y así lo describe el profesor Elmer Baldeón: “Rabiosos (los chilenos) rodearon el pueblo disparando a diestra y siniestra… iniciando la más cruel y sangrienta lucha. Las campanas empezaron a lanzar sonidos de aviso, los comuneros una vez más tendrían que blandir sus palos, machetes y hondas, mientras la pólvora nauseabunda invadía el lugar y los fusiles vomitaban balas. Cada poblador era un héroe al que no le importaba ofrendar la vida antes que ver rendido a su pueblo… (Y allí) murieron Paula Fiada, Máximo Guillermo (y) el agente Juan Mata Alcántara que armado de un bastón de suncho, en lucha titánica, alcanzó a eliminar a dos soldados, hasta que un balazo le destrozó el cráneo". 
Viendo caer a sus líderes y a muchos de sus compañeros, los sobrevivientes se dispersaron. Pero debieron volver enseguida, al ver que el enemigo arremetía contra sus familias y quemaba toda la aldea. 
Finalmente, cansados de quemar y de matar, “los chilenos se retiraron al pueblo vecino de Tápuc, donde fueron agasajados por el gamonal Manuel Rosario Valladares”.
A decir de Ambrosio Letelier, la campaña contra los guerrilleros de Vilcabamba, Visco y Cuchi duró dos días, durante los cuales fueron muertos “más de 400 hombres y reducidos a cenizas los tres caseríos”. Pese a todo, la resistencia patriota en el interior de Pasco habría de proseguir hasta 1884.
(Imagen representando a Paula Fiada en combate, inserta en el libro de Elmer Baldeón).

(Imagen representando a Paula Fiada en combate, inserta en el libro de Elmer Baldeón)

Un día como hoy hace 133 años, el 31 de mayo de 1881, la población campesina de Vilcabamba, ubicada a seis leguas de Cerro de Pasco, fue arrasada por los invasores chilenos, que luego hicieron lo propio en las vecinas aldeas de Visco y Cuchi, reduciéndolas a cenizas y asesinando a muchos de sus pobladores. Entre éstos ofrendó la vida la campesina Paula Fiada, esforzada lideresa guerrillera a quien se la recuerda hoy quizá solo en su comunidad de origen.

LA EXPEDICIÓN LETELIER

En abril de 1881 el alto mando chileno establecido en Lima movilizó sobre la sierra central una expedición de rapiña comandada por el tristemente célebre comandante Ambrosio Letelier, uno de los consentidos del general Pedro Lagos, aquel que asaltó Arica y después tomó Lima, poniendo aquí en marcha el saqueo de la Biblioteca Nacional, al tiempo que convertía el palacio de gobierno en “un gigantesco burdel”, a decir de un cronista del “New York Herald” que entrevistó a su sucesor, el no menos inglorioso Patricio Lynch.
Por su capacidad de armamento la de Letelier fue una tropa de temer. Su sola proximidad hizo que los potentados de la región le rindiesen pleitesía, aceptando el pago de cupos con tal de no ver perjudicados sus intereses económicos.
Cáceres, que debió retroceder hasta Huancayo, deploró tal defección, pero no contando aún con una fuerza militar suficiente tuvo que mantenerse a la expectativa, proyectando incluso una retirada a Izcuchaca para presentar allí una mejor línea de resistencia.
Los de Letelier se harían famosos no solo por sus inauditos y escandalosos latrocinios, que provocaron incluso el rechazo de sus propios compatriotas, sino que se infamaron sobre todo por haber desatado una guerra a sangre y fuego contra poblados campesinos indefensos, perpetrando un sinnúmero de asesinatos con la misma política de exterminio que aplicaban a los Mapuches en Chile.
Frente a ese accionar, la prensa chilena mostró una actitud ambivalente, primero exaltando las pretendidas “hazañas” de Letelier, que se cansó de decir que enfrentaba a millares de guerrilleros; y luego cuestionándolo, al verlo rechazado por el propio Patricio Lynch. Y “El Orden”, periódico del gobierno de La Magdalena, le dedicó sus simpatías, considerando que la presencia de Letelier en la sierra central perjudicaba a Piérola, que se mantenía como dictador en Ayacucho.

LAS CONTRADICCIONES INTERNAS

Convulso aquel Perú de 1881, con dos mandatarios en pugna, Piérola y García Calderón, y dos Congresos, uno reunido en Chorrillos y el otro convocado en Ayacucho, ambos, y esto es lo más repudiable, haciendo poco caso y hasta socavando el ideal de la resistencia que enarbolaba Cáceres, quien actuaba casi de manera autónoma.
Si los pierolistas calificaron de traidores a los de García Calderón, los civilistas no se cansaron de repetir con descaro: “Preferible los chilenos que el zambo ladrón de Piérola”. La anarquía, la guerra civil en plena invasión chilena.
Que sepamos, solo un periódico patriota, “El Perú” de Tarma, editado por Ricardo Guzmán, hizo un recuento verídico del vandálico accionar de la expedición Letelier, denunciando la barbarie ejercida sobre pueblos prácticamente inermes. Letelier no hizo distingos de clase y exigió cupos tanto de los potentados como de las comunidades indígenas. En el interior de Cerro de Pasco, éstas se reunieron en sendas asambleas, acordando presentar resistencia a los invasores. Asumieron esta actitud no solo para poner coto a los abusos, sino adhiriéndose voluntariamente a la causa de la resistencia patriota, pregonada por los oficiales de Cáceres que recorrían la región.

EL COMBATE DE VILCABAMBA

La comunidad de Vilcabamba, situada a seis leguas de Cerro de Pasco, fue la primera en presentar combate, rechazando a una patrulla chilena que el 31 de mayo incursionó en este poblado en la creencia de que tenía oro, plata y alhajas. A decir verdad, en aquel tiempo sus habitantes se dedicaban a la platería y su templo guardaba preciosas joyas.
Se afirma que la campesina Paula Fiada, que pastaba sus ovejas en Maranin, junto a un riachuelo, atacó a un chileno que se había apeado de su caballo para beber agua; pensó que era de los que violaban a las doncellas y “terminó hundiendo un puñal en el vientre del soldado chileno, dejando el cuerpo a la intemperie”, según relata el profesor Elmer Baldeón en su libro “Vilcabamba: Historia heroica de un pueblo mártir”, editado hace una década en Cerro de Pasco. Allí refiere que Paula Fiada lideró entonces una suerte de guerrilla, persiguiendo a los invasores hasta Casharagra y Pampacocha.
Entendiendo que ellos volverían a Vilcabamba para cobrar venganza, la mayoría de sus pobladores decidió marchar a las alturas, dejando en la aldea sólo un escogido contingente de jóvenes con órdenes de presentar resistencia.
Letelier, que no había contado con esa respuesta, envió entonces un numeroso destacamento con orden de arrasar a sangre y fuego toda la comunidad. Implantó desde un principio el terror y sus soldados, tras doblegar la heroica resistencia de los jóvenes vilcabambinos, perpetraron el repase de los vencidos, “incendiando completamente la población y ultimando a cuantos tomaron prisioneros”.
Dice la crónica que los chilenos contaron con el apoyo de los hacendados José Chombo, Pedro Ramos, Carlos Minaya, Juan Pedro Valladares y Pedro Cárdenas. Estos traidores guiaron al enemigo “por caminos desconocidos” y le facilitaron la entrada a Vilcabamba por Armapampa, desde donde accionaron su artillería.
A todas luces, el combate fue en extremo desigual, y así lo describe el profesor Elmer Baldeón: “Rabiosos (los chilenos) rodearon el pueblo disparando a diestra y siniestra… iniciando la más cruel y sangrienta lucha. Las campanas empezaron a lanzar sonidos de aviso, los comuneros una vez más tendrían que blandir sus palos, machetes y hondas, mientras la pólvora nauseabunda invadía el lugar y los fusiles vomitaban balas. Cada poblador era un héroe al que no le importaba ofrendar la vida antes que ver rendido a su pueblo… (Y allí) murieron Paula Fiada, Máximo Guillermo el agente Juan Mata Alcántara que armado de un bastón de suncho, en lucha titánica, alcanzó a eliminar a dos soldados, hasta que un balazo le destrozó el cráneo".
Viendo caer a sus líderes y a muchos de sus compañeros, los sobrevivientes se dispersaron. Pero debieron volver enseguida, al ver que el enemigo arremetía contra sus familias y quemaba toda la aldea.
Finalmente, cansados de quemar y de matar, “los chilenos se retiraron al pueblo vecino de Tápuc, donde fueron agasajados por el gamonal Manuel Rosario Valladares”.
A decir de Ambrosio Letelier, la campaña contra los guerrilleros de Vilcabamba, Visco y Cuchi duró dos días, durante los cuales fueron muertos “más de 400 hombres y reducidos a cenizas los tres caseríos”. Pese a todo, la resistencia patriota en el interior de Pasco habría de proseguir hasta 1884.

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